LA
LAGUNILLA DEL YELMO
Nunca conocí a Mónika. Fue José Antonio
Rodríguez quien me habló de ella, quien me reveló el profundo amor que sentía esta
mujer por la naturaleza y la montaña. Y fue ésta, la montaña, quien fatalmente
se la llevó para siempre el 28 de diciembre del año pasado; una ráfaga de
viento la precipitó al vacío cuando trataba de alcanzar el Veleta. Me hubiera
gustado conocerla, caminar junto a ella, hacer cumbre, pero nunca fue posible.
Hoy subimos a La lagunilla del Yelmo en su
honor. Nos adentramos en La Pedriza, en ese paraje que tanto amaba ella hasta
el punto de que nunca quiso profanarlo circulando con el coche por su interior.
Lo hacemos montañeros de su club, el Mirasierra, y de otro segoviano con quienes
también compartía ascensiones y travesías por la montaña. Además, han venido
familiares suyos, algunos llegados de Austria, su tierra natal. En Canto
Cochino nos juntamos más de ochenta personas. La gente que la conoció sabe que
hoy ella también está con nosotros, por estas cumbres y en estos riscos.
Una larga peregrinación multicolor inicia la
marcha. Cruzamos el impetuoso Manzanares y trepamos por sendas tortuosas. El
aire huele limpio en esta mañana radiante de primavera y los horizontes se
ensanchan a medida que vamos ascendiendo. Mi mirada se entretiene en estos
paisajes dominados por la roca viva mientras el Yelmo nos guía y parece como si
tirase de nosotros con un misterioso magnetismo telúrico.
Sin darme cuenta, arropado de caminantes
entusiastas, alcanzamos la Lagunilla del Yelmo. Se trata de una modesta charca
escondida entre moles graníticas. Alguien dice que este lugar es un santuario,
y yo le creo.
Frente a este estanque dorado, Rafael García
Puig dirige unas sentidas palabras a todos aquellos que hoy hemos venido a
homenajear a Mónika. Luego, Emilio, el
hermano de José Antonio, lee un bonito poema dedicado a ella y escrito nada más
enterarse de la fatídica noticia; ¡versos a flor de piel! A continuación,
Alberto, el hijo de Javier Extramiana, “alma mater” del club Mirasierra, nos lee
lo que escribió su padre a su querida montañera; palabras cargadas de
sentimiento y escritas pocos días antes de que él también nos dejara.
Por este improvisado escenario, van desfilando
otras personas que quieren expresar su afecto a esta mujer, entre ellos sus
familiares, y su hijo Eric.
Terminada las palabras, se desarrolla una
íntima ceremonia depositando sus cenizas junto a un pequeño roble plantado para
la ocasión. Y ante todo esto, yo reflexiono sobre el rito de la muerte. Me
pregunto cómo sería mi funeral. Me parece bonito
hacerlo así: plantando un árbol y depositando mis restos junto a él. Un olmo (ulmus
minor), tal vez junto a la ribera del Duero, no sería un mal final.
El Cuaderno del Navegante 11 de abril de 2015


























































