
EL NEVERO
De un tiempo a esta parte, la Navidad llega
antes. Al menos, así lo anuncia unos grandes almacenes cada año y todo parece que
sea así: la televisión se llena de cuerpos escultóricos vendiéndonos colonias
con acento foráneo, y las calles se adornan de luces de colores que cada vez se
encienden antes. A veces temo que lo hagan en pleno mes de agosto, o que nunca
lleguen a apagarse enlazando las fiestas navideñas con las patronales.
Yo trato de escabullirme de este ambiente
desenfrenado y solo doy por empezadas las fiestas cuando el club Mirasierra
sube hasta la cumbre del Nevero. Es entonces cuando me digo: “¡Ya es Navidad!”
A las nueve de la mañana, en el alto de
Navafria, cae fina la nieve y el viento helador se cuela por las costuras de
nuestros abrigos recordándonos que el invierno ya está aquí. En torno a
Ricardo, el muchacho que hoy será nuestro guía para subir al Nevero, nos
arremolinamos quince montañeros con la expresión del frio dibujada en el
rostro. “Caminad uno detrás de otro, guardando las distancias, pero sin
separarse. Bebed agua de vez en cuando…y disfrutad”, nos dice. Yo le escucho
mientras mis ojos persiguen a un par de cornejas que sueltan sus ásperos
graznidos al aire para perderse entre las copas de los pinos. Y es que ya se
sabe: “Cuando el grajo vuela bajo…”
Sin más dilaciones (el frio aprieta), nos
ponemos en marcha hacía el Nevero subiendo, este año, por su cara sur. Y uno
detrás de otro, tal y como nos ha indicado Ricardo, nos internamos en la
acogedora espesura del bosque.
Los pinares de montaña tienen un halo de
misterio en estos días de lluvia y niebla. Apenas penetra la luz en su interior
y los árboles parecen fantasmas azulados vigilando nuestros pasos. Jirones de
nubes pasajeras se enreda en sus copas vistiéndolas y desvistiéndolas al mismo
tiempo, y yo imagino que son inmensas telarañas que atrapan mis sueños.
Sin embargo, mis ensoñaciones terminan pronto y
abandonamos la amable cobertura arbórea para quedarnos expuestos a la
intemperie. La Peña del Cuervo la tenemos ya al alcance de la mano y desde allí
contemplamos el paisaje que nos rodea envuelto entre las nieblas: el puerto de
Canencia, La Najarra, el arranque de la Cuerda Larga, La Cachiporrilla… En el
fondo del valle, Lozoya y el embalse de Pinilla.
Paramos aquí el tiempo justo, lo suficiente para
tomar un sorbo de agua y sacar unas fotos de este hermoso escenario, pero nuestro
guía nos apremia a seguir y, con la mirada puesta en el suelo, ascendemos con
esfuerzo entre canchales y piornos tapizados de nieve. El silencio se impone y
ya solo se escucha el sonido de nuestras pisadas haciendo crujir la blanca
cobertura. Pero este esfuerzo obtiene su recompensa y enseguida llegamos a la
lagunilla del Nevero.
La charca aparece de sopetón, sin previo aviso,
envuelta en la niebla y el silencio. El lugar parece mágico e invita a
contemplar la lámina de agua donde se reflejan todos los matices del gris.
¡Nunca imaginé que hubiera tantos!
El aire frio y la voz de Ricardo nos aconsejan a
no quedarnos parados. “A partir de aquí, la subida es más pronunciada y el
viento más intenso”, nos advierte.
No se equivoca, el sendero desaparece bajo la
nieve y la ruta se vuelve más dura y exigente. Más montañera. El viento sopla
fuerte y gélido presagiando lo que nos encontraremos en la cumbre, esa que
parece no llegar nunca.
Sin embargo, llega. Todo llega en esta vida, incluso
la Navidad, y un hito de hormigón nos indica que, por fin, hemos alcanzado la cima.
Parapetados tras un muro que antaño hizo las veces de defesa en tiempos más
oscuros y convulsos, compartimos mazapanes, chocolates, turrones y frio, mucho
frio. No hay ánimo para entonar ningún villancico así que, tras una foto que da
fe que hemos llegado hasta aquí, iniciamos el descenso del Nevero. Lo hacemos
por la ruta que en años anteriores hemos utilizado para subir: la divisoria
entre Madrid y Segovia. Y recorremos un escenario blanco, casi irreal, un lugar
entre el cielo y la tierra, arropados por las nubes y el silencio. Un silencio
espeso, tangible, atronador.
Caminamos todo lo rápido que nos permite la
nieve y el viento, siguiendo a Ricardo y los postes del vallado que tomamos
como referencia. Y atrás dejamos la
arisca cumbre del Nevero.
Cuando finalmente alcanzamos el bosque, ese
pinar de albares que hemos atravesado a primera hora de la mañana, la ruta ya toca
a su fin. Solo queda bajar el pronunciado cortafuegos que nos llevará de nuevo al
aparcamiento de Navafria. Allí, besos y abrazos de despedida. Buenos deseos
para estos días… Y, entonces, antes de subirme en el coche, giro mi cabeza
hacía el pico del Nevero oculto entre las nubes, sonrío y me digo: “¡Ya es
Navidad!”
Pablo Olavide
El Cuaderno del Navegante 20 de diciembre de
2025
P:D. En esta marcha montañera hemos
participado: Alejandro, Antonio, Arnaldo, Begoña, Celia, Conchita, Cristian, Elías,
Isabel, María, Marisa, Miguel, Reynaldo, Ricardo (guía), Rocío y este cronista.














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