20/12/2025 El Nevero

 


























































CRÓNICA POR PABLO OLAVIDE

EL NEVERO 

De un tiempo a esta parte, la Navidad llega antes. Al menos, así lo anuncia unos grandes almacenes cada año y todo parece que sea así: la televisión se llena de cuerpos escultóricos vendiéndonos colonias con acento foráneo, y las calles se adornan de luces de colores que cada vez se encienden antes. A veces temo que lo hagan en pleno mes de agosto, o que nunca lleguen a apagarse enlazando las fiestas navideñas con las patronales.

Yo trato de escabullirme de este ambiente desenfrenado y solo doy por empezadas las fiestas cuando el club Mirasierra sube hasta la cumbre del Nevero. Es entonces cuando me digo: “¡Ya es Navidad!”

 

A las nueve de la mañana, en el alto de Navafria, cae fina la nieve y el viento helador se cuela por las costuras de nuestros abrigos recordándonos que el invierno ya está aquí. En torno a Ricardo, el muchacho que hoy será nuestro guía para subir al Nevero, nos arremolinamos quince montañeros con la expresión del frio dibujada en el rostro. “Caminad uno detrás de otro, guardando las distancias, pero sin separarse. Bebed agua de vez en cuando…y disfrutad”, nos dice. Yo le escucho mientras mis ojos persiguen a un par de cornejas que sueltan sus ásperos graznidos al aire para perderse entre las copas de los pinos. Y es que ya se sabe: “Cuando el grajo vuela bajo…”

Sin más dilaciones (el frio aprieta), nos ponemos en marcha hacía el Nevero subiendo, este año, por su cara sur. Y uno detrás de otro, tal y como nos ha indicado Ricardo, nos internamos en la acogedora espesura del bosque.

Los pinares de montaña tienen un halo de misterio en estos días de lluvia y niebla. Apenas penetra la luz en su interior y los árboles parecen fantasmas azulados vigilando nuestros pasos. Jirones de nubes pasajeras se enreda en sus copas vistiéndolas y desvistiéndolas al mismo tiempo, y yo imagino que son inmensas telarañas que atrapan mis sueños.

Sin embargo, mis ensoñaciones terminan pronto y abandonamos la amable cobertura arbórea para quedarnos expuestos a la intemperie. La Peña del Cuervo la tenemos ya al alcance de la mano y desde allí contemplamos el paisaje que nos rodea envuelto entre las nieblas: el puerto de Canencia, La Najarra, el arranque de la Cuerda Larga, La Cachiporrilla… En el fondo del valle, Lozoya y el embalse de Pinilla.

Paramos aquí el tiempo justo, lo suficiente para tomar un sorbo de agua y sacar unas fotos de este hermoso escenario, pero nuestro guía nos apremia a seguir y, con la mirada puesta en el suelo, ascendemos con esfuerzo entre canchales y piornos tapizados de nieve. El silencio se impone y ya solo se escucha el sonido de nuestras pisadas haciendo crujir la blanca cobertura. Pero este esfuerzo obtiene su recompensa y enseguida llegamos a la lagunilla del Nevero.

La charca aparece de sopetón, sin previo aviso, envuelta en la niebla y el silencio. El lugar parece mágico e invita a contemplar la lámina de agua donde se reflejan todos los matices del gris. ¡Nunca imaginé que hubiera tantos!

El aire frio y la voz de Ricardo nos aconsejan a no quedarnos parados. “A partir de aquí, la subida es más pronunciada y el viento más intenso”, nos advierte.

No se equivoca, el sendero desaparece bajo la nieve y la ruta se vuelve más dura y exigente. Más montañera. El viento sopla fuerte y gélido presagiando lo que nos encontraremos en la cumbre, esa que parece no llegar nunca.

Sin embargo, llega. Todo llega en esta vida, incluso la Navidad, y un hito de hormigón nos indica que, por fin, hemos alcanzado la cima. Parapetados tras un muro que antaño hizo las veces de defesa en tiempos más oscuros y convulsos, compartimos mazapanes, chocolates, turrones y frio, mucho frio. No hay ánimo para entonar ningún villancico así que, tras una foto que da fe que hemos llegado hasta aquí, iniciamos el descenso del Nevero. Lo hacemos por la ruta que en años anteriores hemos utilizado para subir: la divisoria entre Madrid y Segovia. Y recorremos un escenario blanco, casi irreal, un lugar entre el cielo y la tierra, arropados por las nubes y el silencio. Un silencio espeso, tangible, atronador.

 

Caminamos todo lo rápido que nos permite la nieve y el viento, siguiendo a Ricardo y los postes del vallado que tomamos como referencia.  Y atrás dejamos la arisca cumbre del Nevero.   

Cuando finalmente alcanzamos el bosque, ese pinar de albares que hemos atravesado a primera hora de la mañana, la ruta ya toca a su fin. Solo queda bajar el pronunciado cortafuegos que nos llevará de nuevo al aparcamiento de Navafria. Allí, besos y abrazos de despedida. Buenos deseos para estos días… Y, entonces, antes de subirme en el coche, giro mi cabeza hacía el pico del Nevero oculto entre las nubes, sonrío y me digo: “¡Ya es Navidad!”

 

Pablo Olavide

El Cuaderno del Navegante 20 de diciembre de 2025

P:D. En esta marcha montañera hemos participado: Alejandro, Antonio, Arnaldo, Begoña, Celia, Conchita, Cristian, Elías, Isabel, María, Marisa, Miguel, Reynaldo, Ricardo (guía), Rocío y este cronista.   

 


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