EL PICO DE LA MIEL
(o la morada del águila)
por Pablo Olavide
De niño, cuando pasaba
con mi abuelo por La Cabrera camino de su pueblo, Peñaranda de Duero, este me
decía: “Ese es el pico de la Miel”. Creo que era el único hito geográfico que
conocía, pues ya no me volvía a señalar ningún otro hasta llegar a nuestro
destino. Yo, desde la ventanilla de su coche, miraba con asombro esa inmensa
mole granítica e imaginaba que allí se encontraba escondido algún nido de
águilas.
Ahora, cuando viajo
con mis hijos camino del norte, vuelvo a señalar ese montículo rocoso y gris y
les digo: “Ese es el Pico de la Miel”. Ellos lo observan con indiferencia y me pregunto si también ellos pensarán que allí puede estar la
morada del águila.
Hoy, en esta
incipiente primavera, nos disponemos a subir a esta mítica cumbre de la sierra
de La Cabrera: el Pico de la Miel. Lo hacemos nueve intrépidos montañeros del
club Mirasierra dispuestos a desafiar la lluvia y la verticalidad de las
alturas.
Nos reunimos todo el
grupo en el cementerio de Valdemanco. Últimamente, todas mis excursiones
empiezan en estos lugares, en los cementerios, pero a mí me parece un buen
lugar para empezar una excursión: allí donde otros han terminado ya la suya…
Además, son sitios tranquilos y, en esta ocasión, está al pie de la montaña que vamos a subir.
Iniciamos la subida
por un sendero bien marcado, PR M-13. Alfredo lidera el grupo que, en “fila
india”, avanza lleno de entusiasmo ante un nuevo día de campo. El paisaje que
nos acoge es caótico, atormentado y hermoso; inmensas moles de granito se
desparraman por la ladera como si un gigante hubiese jugado con ellas. Nos
preguntamos qué extrañas fuerzas habrán modelado estas rocas y las habrán
colocado en un inexplicable equilibrio.
Poco a poco, coronamos
el collado Alfrencho. La ropa empieza a sobrar y es el momento para aligerar la
indumentaria y tomar aire. Desde aquí, contemplamos el valle que hemos dejado
atrás: Valdemanco, La Cabrera y el cerro de San Pedro al fondo. Una enorme
urbanización de casas “clonadas” se divisa a lo lejos. ¿Quién destruyó tanta
belleza?, me pregunto.
Reanudamos la marcha por este mundo pétreo salpicado de enebros y encinas. El aire huele a jara, a cantueso, a tierra mojada... Al coronar la cresta que marca el perfil de la sierra, como si esta fuese la espina dorsal de un descomunal dragón, divisamos el otro lado que teníamos oculto hasta entonces: el valle del Lozoya herido por el trazado del viejo ferrocarril que iba hacia el norte, y el paso de Somosierra envuelto en amenazantes nubes oscuras.
Sin darnos cuenta,
descendiendo el Cancho de los Brezos, nos plantamos a los pies del Pico de la
Miel. Nos queda ahora el último repecho para conquistar la cima. La empresa
parece complicada; toca trepar por escarpadas piedras venciendo el vértigo y la
gravedad. Alguno de nosotros, tal vez con más sensatez, decide esperar en la base.
Paso a paso, midiendo
bien donde ponemos nuestros pies y nuestro espíritu, llegamos a la cima: 1356
metros. Momento de hacer la foto de rigor y contemplar el panorama que nos
rodea: Somosierra, los pantanos del Atazar y el Vellón, los pueblos de La Cabrera,
el Berrueco, Lozoyuela…Cristina nos señala donde está Manjirón. Lejana se
intuye, entre nubes, la gran urbe madrileña.
Con cuidado, con mucho
cuidado, iniciamos el descenso. Pasos lentos y bien medidos hasta llegar de
nuevo a la base. Es el momento oportuno para coger fuerzas y dar buena cuenta
de nuestras provisiones.
Pero el tiempo vuela e
iniciamos el retorno a nuestro punto de partida. Caminamos a buen paso bajo la
atenta mirada de los buitres leonados. En lo alto, muy alto, un águila real
surca el cielo. ¿Será el que yo imaginaba de niño?
Cuando alcanzamos el
collado Alfrencho, iniciamos un vertiginoso descenso entre jarales y enebros
hasta llegar a la pista que conduce al convento de San Antonio de los padres
franciscanos. Iniciamos nuestro particular “vía crucis” por esta pista,
siguiendo las cruces que llevan hasta el monasterio. Ya solo nos queda el
último repecho, el último esfuerzo, para llegar a nuestro punto de partida y
dar por concluido este maravilloso día de campo.
Ya en el aparcamiento
veo caras de satisfacción tras haber recorrido estos agrestes parajes. 5 horas
y 11 minutos de caminata. Casi 13 kilómetros, ¡toda una hazaña para mí! Tengo
la sensación de haber estado en otro mundo; un mundo maravilloso de naturaleza
y vida. Mi cabeza está llena de campo, de sierra…y de buena compañía. Un lujo
haber compartido esta “aventura” con Mar, Cristina, José Antonio, Emilio,
Alfredo, Reynaldo, Iñigo y Jesús.
Mientras regreso a
casa por la Autovía del Norte, vuelvo a pensar en mi abuelo. Hace tiempo que ya
no está con nosotros, pero, hoy, me hubiera gustado señalar el Pico de la Miel
y decirle: “Ahí arriba, he subido yo”.
El Cuaderno del
Navegante 22 de marzo de 2015
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