Resumen:
Distancia: 9,6 Kms
Desnivel Positivo: 250 mts
Tipo de Ruta: Circular
Dificultad: Fácil+
Tipo de Terreno: Pista y Sendero
Punto de Partida y Retorno: Pradera de Navalhorno.

Los días como colores
por Pablo Olavide
Siempre he imaginado los días de colores: los
lunes, oscuros, casi negros; los martes, azul claro; los miércoles los veo
anaranjados, con matices rojizos; los jueves, del color de la caoba; los
viernes, grises, tirando a blancos; los sábados son verdes y los domingos, de
un amarillo luminoso.
Hoy es sábado, sábado de color verde, tan verde
como este bosque de Valsaín que atravieso con mi vehículo rojo a primera hora
de la mañana. Pienso que, visto desde las alturas, debo parecer una nota
discordante entre tanta armonía vegetal. Me dirijo veloz a La Pradera de
Navalhorno para encontrarme con los excursionistas del club Mirasierra y
recorrer, junto a ellos, esta arboleda verde y sedienta que ahora contemplo. Atrás
van quedando los ardientes días del verano, esos que han pintado de rojo
anaranjado, como el color de mis miércoles, los mapas del tiempo en los
telediarios.
A las 9:15 ya estamos todos en La Pradera. Para
muchos de nosotros esta es la primera excursión de la temporada. Es la vuelta a
encontrarnos con la acogedora rutina de los sábados, con los amigos y la sierra
del Guadarrama. También con Javier Baró, nuestro incondicional guía. Arremolinados
en torno a él, y bajo un cielo azul y limpio, como de martes, contamos veintiún
senderistas.
—Subiremos hasta el Cerro del Puerco pasando
primero por la Cueva del Monje —nos informa, Javier—. ¡Llevad suficiente agua!;
hoy apretará el calor —añade.
Uno tras otro, emprendemos la ruta dejando atrás
las coquetas casas de La Pradera. La última de ellas es un edificio sólido, de
exquisita y discreta elegancia, sin estridencias, que armoniza a la perfección
con el entorno que lo rodea. Se trata del Centro Nacional de Educación
Ambiental (CENEAM). Enseguida nos internamos en el frondoso pinar, salpicado
por algún que otro roble melojo, y acompañado de un buen número de arbusto que
conforman el sotobosque: helechos, retamas negras, genistas, espinos albares y
escaramujos. También madera muerta. Una maleza imprescindible para el
funcionamiento del bosque ya que, además de los árboles de gran porte, esta vegetación
“menor” mantiene el equilibrio del ecosistema.
Desde las últimas posiciones de la larga hilera
que formamos, iluminada por la camiseta naranja de Manu, contemplo esta hermosa
espesura y como la luz cenital se cuela entre el dosel arbóreo sacando los mil tonos
del color verde. Y yo juego a buscar cuál de ellos es el más bonito para
ilustrar este sábado del mes de septiembre.
Sin darnos cuenta, llegamos a la fuente del
Ratón. No veo por aquí roedor alguno, pero sí unos bancos que invitan al
caminante a detenerse, beber un trago y escuchar el sonido del agua que golpea
con fuerza unas piedras oscuras, tan oscuras como los lunes que ilustran mis
sueños.
La parada es breve y volvemos a la senda que
marca Javier (y la camiseta de Manu). Las conversaciones se apagan y el bosque
nos ofrece la sintonía de las criaturas que lo habitan: carboneros,
herrerillos, reyezuelos, pinzones, trepadores… Y la Cueva del Monje aparece de sopetón,
en medio de un claro del bosque como si fuera un escenario montado para la
ocasión. La cueva no es más que una oquedad que forma una enorme piedra apoyada
sobre otras dos menores.
Cuenta la leyenda que un tal Tomás Segura,
vecino del Valsaín, vendió su alma al diablo ambicionando poder y riqueza. Hay
quien dice que también lujuria y eterna juventud, ¡qué cosas! Arrepentido de
ello, se hizo monje anacoreta refugiándose en estas espesuras con la esperanza
de despistar a su temible acreedor. Pero no consiguió tal fin y, encomendándose
a la Virgen, esta logró que el diablo no cobrase su deuda. Y aseguran que
todavía se oyen, en las largas noches de inviernos, los lamentos del desdichado
monje segoviano por estas espesuras.
Yo escucho con atención este relato que nos
cuenta Javier Baró mientras observo estas piedras que me recuerdan más bien a
un enorme sapo dispuesto a tragarnos. Y aguzo el oído con la esperanza de
escuchar un lúgubre susurro del monje, pero solo capto los chillidos ásperos de
una pareja de halcones que también han acudido a escuchar la historia. Las aves
vuelan alto, agitan sus alas y se persiguen incansables. Yo contemplo su
silueta afilada del color de mis viernes, hasta que, finalmente, desaparecen en
el cielo.
El sol ya aprieta y se agradece volver al
cobijo de la arboleda. Transitamos por sendas, caminos y pistas asfaltadas
hasta llegar al Cerro del Puerco: 1420 metros de altitud. En este emplazamiento,
tuvieron lugar cruentos enfrentamientos en la Guerra Civil. Esta cima, ocupada
por las tropas Nacionales, dominaba el valle de Valsaín lo que impidió al ejército
de la Republica tomar la ciudad de Segovia en la batalla de La Granja el 30 de
mayo del 37. Tras este episodio, y conscientes las tropas Nacionales de la
importancia de este lugar, fortificaron la zona produciéndose, a lo largo de la
guerra, numerosos enfrentamientos entre los dos bandos. No hubo avances
significativos por ningún lado y solo la muerte ganó la batalla. Se cree que
perdieron la vida alrededor de 1.500 combatientes en estos parajes. Hoy queda
aquí, como testigos mudos de aquellos trágicos años, numerosos parapetos,
trincheras, atalayas y fortines.
Nosotros, sin embargo, disfrutamos hoy de la
paz y tranquilidad del lugar. Por un lado, se divisa el inmenso mar de pinos del
bosque de Valsaín, presidido por las cimas de Siete Picos, Guarramillas,
Peñalara… Por el otro, surge la amplia meseta castellana, amarilla y reseca,
donde se adivina Segovia, La Granja y el embalse del Pontón.
Es este un buen sitio para comer algo, reponer
fuerzas y observar el discurrir errático de unos buitres marrones, del mismo
color que tienen los jueves.
La ruta va tocando a su fin y ya solo nos queda
descender hasta La Pradera de Navalhorno y, así, cerrar el círculo que hoy hemos
trazado por estos pinares serranos.
Pero lo bueno no acaba aquí y muchos de
nosotros nos quedamos a comer en Las Brasas, en la misma Pradera, para celebrar
el inicio de la temporada. Compartimos croquetas, ensalada, morcillas y
entrecot. También unos excelentes postres y un café, negro y espeso, digno de
uno de mis lunes.
A la salida, besos y abrazos, y el firme
propósito de vernos pronto. Yo decido pasar las últimas horas del día en La
Granja. Allí me dejo llevar por sus calles sin rumbo fijo mientras en mi retina
aún conservo todos los verdes de este sábado. Mis pasos me llevan hasta el
Parador y, sentado en la terraza, dejo que el sol de media tarde acaricie mi
rostro. Es un sol amarillo y luminoso, un sol como si fuera de domingo.
Pablo Olavide
El Cuaderno del Navegante, 12 de septiembre de 2026






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