12/09/2026 Cueva del Monje y Cerro del Puerco


 Resumen:

Distancia: 9,6 Kms

Desnivel Positivo: 250 mts

Tipo de Ruta: Circular

Dificultad: Fácil+

Tipo de Terreno: Pista y Sendero

Punto de Partida y Retorno: Pradera de Navalhorno.




























Los días como colores

por Pablo Olavide

Siempre he imaginado los días de colores: los lunes, oscuros, casi negros; los martes, azul claro; los miércoles los veo anaranjados, con matices rojizos; los jueves, del color de la caoba; los viernes, grises, tirando a blancos; los sábados son verdes y los domingos, de un amarillo luminoso.

Hoy es sábado, sábado de color verde, tan verde como este bosque de Valsaín que atravieso con mi vehículo rojo a primera hora de la mañana. Pienso que, visto desde las alturas, debo parecer una nota discordante entre tanta armonía vegetal. Me dirijo veloz a La Pradera de Navalhorno para encontrarme con los excursionistas del club Mirasierra y recorrer, junto a ellos, esta arboleda verde y sedienta que ahora contemplo. Atrás van quedando los ardientes días del verano, esos que han pintado de rojo anaranjado, como el color de mis miércoles, los mapas del tiempo en los telediarios.

 

A las 9:15 ya estamos todos en La Pradera. Para muchos de nosotros esta es la primera excursión de la temporada. Es la vuelta a encontrarnos con la acogedora rutina de los sábados, con los amigos y la sierra del Guadarrama. También con Javier Baró, nuestro incondicional guía. Arremolinados en torno a él, y bajo un cielo azul y limpio, como de martes, contamos veintiún senderistas.

—Subiremos hasta el Cerro del Puerco pasando primero por la Cueva del Monje —nos informa, Javier—. ¡Llevad suficiente agua!; hoy apretará el calor —añade.

Uno tras otro, emprendemos la ruta dejando atrás las coquetas casas de La Pradera. La última de ellas es un edificio sólido, de exquisita y discreta elegancia, sin estridencias, que armoniza a la perfección con el entorno que lo rodea. Se trata del Centro Nacional de Educación Ambiental (CENEAM). Enseguida nos internamos en el frondoso pinar, salpicado por algún que otro roble melojo, y acompañado de un buen número de arbusto que conforman el sotobosque: helechos, retamas negras, genistas, espinos albares y escaramujos. También madera muerta. Una maleza imprescindible para el funcionamiento del bosque ya que, además de los árboles de gran porte, esta vegetación “menor” mantiene el equilibrio del ecosistema.

Desde las últimas posiciones de la larga hilera que formamos, iluminada por la camiseta naranja de Manu, contemplo esta hermosa espesura y como la luz cenital se cuela entre el dosel arbóreo sacando los mil tonos del color verde. Y yo juego a buscar cuál de ellos es el más bonito para ilustrar este sábado del mes de septiembre.

Sin darnos cuenta, llegamos a la fuente del Ratón. No veo por aquí roedor alguno, pero sí unos bancos que invitan al caminante a detenerse, beber un trago y escuchar el sonido del agua que golpea con fuerza unas piedras oscuras, tan oscuras como los lunes que ilustran mis sueños.

La parada es breve y volvemos a la senda que marca Javier (y la camiseta de Manu). Las conversaciones se apagan y el bosque nos ofrece la sintonía de las criaturas que lo habitan: carboneros, herrerillos, reyezuelos, pinzones, trepadores… Y la Cueva del Monje aparece de sopetón, en medio de un claro del bosque como si fuera un escenario montado para la ocasión. La cueva no es más que una oquedad que forma una enorme piedra apoyada sobre otras dos menores.

Cuenta la leyenda que un tal Tomás Segura, vecino del Valsaín, vendió su alma al diablo ambicionando poder y riqueza. Hay quien dice que también lujuria y eterna juventud, ¡qué cosas! Arrepentido de ello, se hizo monje anacoreta refugiándose en estas espesuras con la esperanza de despistar a su temible acreedor. Pero no consiguió tal fin y, encomendándose a la Virgen, esta logró que el diablo no cobrase su deuda. Y aseguran que todavía se oyen, en las largas noches de inviernos, los lamentos del desdichado monje segoviano por estas espesuras.

Yo escucho con atención este relato que nos cuenta Javier Baró mientras observo estas piedras que me recuerdan más bien a un enorme sapo dispuesto a tragarnos. Y aguzo el oído con la esperanza de escuchar un lúgubre susurro del monje, pero solo capto los chillidos ásperos de una pareja de halcones que también han acudido a escuchar la historia. Las aves vuelan alto, agitan sus alas y se persiguen incansables. Yo contemplo su silueta afilada del color de mis viernes, hasta que, finalmente, desaparecen en el cielo.

 

El sol ya aprieta y se agradece volver al cobijo de la arboleda. Transitamos por sendas, caminos y pistas asfaltadas hasta llegar al Cerro del Puerco: 1420 metros de altitud. En este emplazamiento, tuvieron lugar cruentos enfrentamientos en la Guerra Civil. Esta cima, ocupada por las tropas Nacionales, dominaba el valle de Valsaín lo que impidió al ejército de la Republica tomar la ciudad de Segovia en la batalla de La Granja el 30 de mayo del 37. Tras este episodio, y conscientes las tropas Nacionales de la importancia de este lugar, fortificaron la zona produciéndose, a lo largo de la guerra, numerosos enfrentamientos entre los dos bandos. No hubo avances significativos por ningún lado y solo la muerte ganó la batalla. Se cree que perdieron la vida alrededor de 1.500 combatientes en estos parajes. Hoy queda aquí, como testigos mudos de aquellos trágicos años, numerosos parapetos, trincheras, atalayas y fortines.

Nosotros, sin embargo, disfrutamos hoy de la paz y tranquilidad del lugar. Por un lado, se divisa el inmenso mar de pinos del bosque de Valsaín, presidido por las cimas de Siete Picos, Guarramillas, Peñalara… Por el otro, surge la amplia meseta castellana, amarilla y reseca, donde se adivina Segovia, La Granja y el embalse del Pontón.

Es este un buen sitio para comer algo, reponer fuerzas y observar el discurrir errático de unos buitres marrones, del mismo color que tienen los jueves.

La ruta va tocando a su fin y ya solo nos queda descender hasta La Pradera de Navalhorno y, así, cerrar el círculo que hoy hemos trazado por estos pinares serranos.

Pero lo bueno no acaba aquí y muchos de nosotros nos quedamos a comer en Las Brasas, en la misma Pradera, para celebrar el inicio de la temporada. Compartimos croquetas, ensalada, morcillas y entrecot. También unos excelentes postres y un café, negro y espeso, digno de uno de mis lunes.

A la salida, besos y abrazos, y el firme propósito de vernos pronto. Yo decido pasar las últimas horas del día en La Granja. Allí me dejo llevar por sus calles sin rumbo fijo mientras en mi retina aún conservo todos los verdes de este sábado. Mis pasos me llevan hasta el Parador y, sentado en la terraza, dejo que el sol de media tarde acaricie mi rostro. Es un sol amarillo y luminoso, un sol como si fuera de domingo.

 

Pablo Olavide

El Cuaderno del Navegante, 12 de septiembre de 2026      



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